Economía y Finanzas
El Titanic de la UEM
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naudito en las economías modernas. Desde Family Office lo hemos dicho por activa y también por pasiva, del derecho y del revés. España se metió en la Unión Económica y Monetaria (UEM) a martillazos, y la política monetaria adoptada desde entonces y hasta hoy se ajusta exclusivamente alos que mandan, es decir a las economías más fuertes de la UE. El resto de aspirantes a economía fuerte debíamos haber ido mejorando en un proceso que algunos ilusos burócratas comunitarios fecharon en unos pocos años. Pero la realidad ha sido muy distinta. Los criterios de convergencia debían haberse mantenido durante décadas antes de que las economías fueran comparables, es decir que necesitábamos: Un horizonte de bonanza y de Estado del bienestar de más de una genaración, fondos de compensación constantes durante ese periodo, asunción de mentalidad europea en lo que respecta a productividad e inversión en I+D+i y también, porqué no decirlo, una dimensión racional de la UE para conseguir la convergencia económica deseable y necesaria para evitar el fracaso del proyecto de moneda única. Hay que aclarar que la UE es un proyecto político loable y con muchas ventajas para el conjunto del viejo continente, pero la UEM es una pretensión infinitamente más compleja que se debe construir con rigor y muchísima paciencia. Debe asentar pieza a pieza, todas y cada una de las economías que se pretendan adherir a esa estructura supranacional. Pero se confundió temerariamente unión política con monetaria, y ahora los cimientos económicos de la UE se tambalean.
Las economías fuertes y débiles pueden difuminar sus fronteras, establecer acuerdos Schengen, compartir pasaporte, parlamento y todo aquello que sea esencialmente político y legal. Pero no pueden compartir divisa y banco central, ya que ello obliga a compartir la política monetaria dictada por el BCE. No podemos jugar con las mismas reglas porque a nuestra economía le conviene tomar otras decisiones muy distintas a las que deben tomar los países ricos. Además, curiosamente los Estados miembros renuncian a la política monetaria pero no a decisiones económicas soberanistas que se mantienen de forma absurda. ¿Qué sentido tiene entregar las llaves de la política monetaria sin unificar las decisiones en materia económica? ¿Cómo pueden cohabitar las decisiones del BCE respecto al precio del dinero en economías débiles, con unos ministerios de economía de la UE que toman decisiones sin concierto alguno? Bueno, más que sin coordinación, en realidad se toman con criterios electoralistas locales o simplemente con criterios de incompetencia en cada gobierno soberano. Es decir, tenemos en un mismo proyecto europeo soberanismos que deciden independiente y electoralmente el rumbo (o deriva) económica de cada país, y a la vez pretendemos una política monetaria única y decidida por las economías más fuertes. Desde luego, las garantías de fracaso debían aflorar en cuanto la bonanza virtual en la que estaba inmerso Occidente se diluyera en forma de crisis global. Y así ha sido.
Al fin y al cabo, cuando el Euro/Titanic zarpó en 2002, se trataba de un proyecto novedoso con muchas dudas respecto al éxito que podría tener en los 11 países pioneros. Sería pues razonable pensar que en aquel momento se debió elaborar un plan B, una marcha atrás, al menos por si en algún país miembro el experimento salía rana. Me niego a pensar que el Titanic se fletó sin un protocolo de emergencia que le permitiera evacuar (al menos a los de los camarotes de 1a clase), volver a puerto o incluso a dique seco en caso de emergencia. O sea que en el caso improbable de que se tenga la valentía política de permitir la ruptura de la UEM, al menos a dos velocidades, la hoja de ruta debería estar en algún documento clasificado de la UE. Si no se previó en su momento, aún es menos creíble el proyecto de la unión de la política monetaria de 2002. Seamos valientes y distingamos de una vez la loable y exitosa realidad de la Unión Europea (UE), de la chapucera y temeraria Unión Económica y Monetaria (UEM), sobre todo la monetaria. Porque si la cobardía política nos impide distinguirlas nos haremos, de hecho nos estamos haciendo ya, mucho daño en esta crisis sistémica global. Un daño que se adivina irreparable.
Comentarios (3)
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Si en España pudieramos devaluar nuestra própia moneda, ganariamos (falsa) competitividad inmediatamente, pero ¿es ese el camino correcto para que progrese un país?
La competitividad se debe ganar mejorando la productividad y la calidad de nuestros productos y ahora es la única opción que tenemos. Y yo me alegro por eso, a ver si lo aprendemos de una vez, aunque sea a garrotazos.